Una tarde de domingo, hace no mucho, Ana estaba en la entrada de su negocio, a punto de abrirlo. Por alguna razón municipal, varias paradas de autobuses habían quedado momentáneamente instaladas en la acera de enfrente. La parada estaba repleta, mientras una fila de clientes también se formaba de su lado.

De pronto, un par de muchachas que esperaban para entrar, se besaron, pero no como se besan las amigas o las vecinas sino como se besan las enamoradas. Ese beso espontáneo, a plena luz del día, a vista y paciencia de todos, fue revelador para Ana. El imprevisto recorrió la cuadra como un chispazo de luz natural.

“El negocio empezó con dos personas. Lo abrimos en 1979, en Guadalupe, donde viví mucho tiempo. A mí siempre me gustó la música, y la coleccionaba en acetatos. Me gustaba el soul. De hecho, trabajé en una discoteca que se llamaba Acuarios. Trabajaba en la puerta y limpiaba los baños; ganaba como ¢15 por día”.

“Vengo de una familia de escasos recursos y mientras estaba en el colegio, organizaba bailes los sábados. Lo que se recogía, era para ayudarme a mí y a mi familia. Hacía bailes con Los Hicsos, con Los Diamantes, en El Versalles, en El Yugo… Yo hacía mantas, distribuía volantes…”

–¿Qué edad tenías?

–Entre 16 y 17 años.

Podría ser descrita como discoteca, aunque no es tan simple. A lo largo de su historia, las paredes de La Avispa han servido para algo más que bailar. La resistencia y el activismo político han sido la contracara del entretenimiento sugerido en su menú, porque en Costa Rica, hasta hace muy poco, ser gay o lesbiana era un acto criminal. Fue hasta en agosto de este año que la Sala Constitucional ordenó eliminar dos incisos del Código Penal.

Gracias a un préstamo, Ana logró abrir su propio negocio. Sin embargo, todo resultaba desconcertante para la época y para los vecinos.

Que ella y su pareja administraran un bar. Que su pareja fuera otra mujer. Que dos mujeres “solas” tuvieran un negocio nocturno. Que la clientela fuera como las dueñas. Diferentes. Sospechosas.

“Por casualidad, un día venía caminando por acá y vi el rótulo que decía ‘Se alquila’. Valía ¢3500, pero con la ventaja de que podías vivir en el negocio, como los chinos. Así que lo alquilé, y nos trasladamos”.

–¿No había lugares de ambiente?

Había, pero muy pocos. Si las mujeres lesbianas querían ir a tomarse un trago a una cantina de aquella época, tenían que defender a su pareja y defenderse ellas de mucha violencia.

“Yo era electricista, fontanera, pintora, decoradora, de todo. No teníamos plata para pagar empleados. Se abrió y era muy sencillo”.

–¿Qué es ‘muy sencillo’?

Una barra de barriles, un cuadro grandísimo para tapar una ventana, un mueble para las botellitas. Sencillo Hubo gente que venía y se reía. Y aún así, fue un éxito, yo diría que por el trato. Con treinta personas el negocio estaba lleno. Era muy cálido”

Otros datos pueden considerarse parte de la prueba testimonial categórica de que La Avispa se transformó, con el paso del tiempo, en un foco de resistencia de la comunidad “diversa” del país, y por supuesto, en un excelente negocio.

“Algunos clientes me dicen: Bastante vinimos a dejar aquí. Una piedra de esas o un ladrillo de esos es mío. Y yo les digo que sí, que es cierto. A veces les respondo: Bueno, con lo que tomabas vos, tenés por lo menos ese muro”.

“Era dj, cantinera y boquera. Iba temprano al mercado Borbón y compraba todo fresco. Regresaba a cocinar y lo dejaba calentito, en baño maría. Ese fue uno de los amarres porque en los otros bares de ambiente no daban bocas”.

–¿Lo abriste pensando que sería un ‘bar de ambiente’?

No, vieras que no. Yo no manejaba ese concepto, pero yo sabía que iban a venir muchas amistades mías. Y efectivamente. En un momento había tanta ‘gente de ambiente’ que decidimos cerrar la puerta, porque no era legal.

“Había una ventanita, y solo entraba gente conocida”.

“A la par teníamos un apagador con una luz, por si entraba la policía, para alertar a los que estaban bailando. Entonces las parejas de hombres con hombres y mujeres con mujeres se separaban y se intercambiaban”.

–¿Había mucha persecución?

Ah sí sí. Hacían redadas, y las perreras afuera, esperando… Nos llevaban a la Detención General y eran filas de filas…

–¿Y cuál era el argumento para detenerlos?

Faltas a la moral.

“Sucedió durante mucho tiempo. Afortunadamente, ese tipo de cosas ya se eliminaron. Hemos progresado mucho. Como cuando se quitó la luz blanca. Estaba la policía aquí, había mujeres bailando y la pista estaba rodeada. Ellas siguieron bailando. Yo vi esa valentía de personas que ya estaban cansadas y hartas de esconderse. Después de eso, nunca más se volvió a encender la luz. No más luz”.

–¿Cuándo fue eso?

En el ‘90. Las redadas fueron prohibidas hasta el ‘90.

Con 36 años de vigencia en la vida nocturna de San José, no hay otro lugar que se le parezca y, si fuéramos justos, tendríamos que decir que La Avispa es una empresa privada que durante las últimas tres décadas asumió una función social urgente: dio asilo a quienes no se sentían –ni se sienten– abrigados por el dogma de la heterosexualidad. Un lugar donde no es pecado ni están prohibidas las parejas del mismo sexo, del sexo opuesto, del sexo parecido, adicional, decorativo o suplementario… Las parejas, a secas.

–¿Qué la hecho permanecer?

“Ha habido una excelente administración”, bromea.

Y más adelante, agrega: “Yo aprendí de la economía doméstica. Guardar. Ahorrar”.

–¿Y cómo ve el futuro?

La Avispa durará lo que tenga que durar.

Ana misma se sorprende con el dato, quizá porque en ese momento no lo vio como una osadía, mucho menos como un desafío a las viejas costumbres de la intolerancia. ¿Cómo fue posible? Hoy las muchachas de esa edad le parecen unas “niñas”, pero ella tenía 24 años cuando decidió abrir La Avispa.

“Yo no he tenido vida privada. Siempre estuve al frente del negocio, hasta hace cinco años”. Ahora, a punto de cumplir 60 y de entrar al selecto club de los pensionados, Ana Vega sabe con certeza que lo único que quiere es tener más tiempo para estar con su familia, especialmente con su mamá, una excosturera de 83 años que tuvo siete hijos pero nunca una casa propia.

“Ella siempre quiso que sus hijas estudiaran”, recuerda Ana, quien, como es lógico, no tenía intención de asistir a la universidad –que era sinónimo de “gastar”– sino de conseguirse un trabajo cuanto antes.

Hizo el examen de admisión de todos modos, y cuando supo que lo había ganado, su mamá compró una botella de rompope para un brindis

Ante el horizonte de la pensión, Ana asegura que su segunda y última prioridad es ella misma. ¿Cómo? Haciendo lo que le gusta, que es viajar. Su último “paseo” fue a Australia pero ya quisiera salir volando rumbo a África.

“Me encanta conocer. Irme y sentarme en un parque y, si hay alguien, conversar. La gente, me gusta”. Pero no es lo único: también le gusta muchísimo caminar, leer, nadar, escuchar música, cuidar a sus siete rottweiler y a sus dos peluches (un cocker y un poodle) e irse a la cama a las 9 de la noche. “Si a las 11 no me he dormido, es porque tengo insomnio”.

-¿Nunca pensó en la maternidad?

Costó mucho, pero lo demás vino por añadidura. “Tener La Avispa fue una alegría, pero también fue muy duro. Tanta violencia te marca… Te marca a decir: No más”.

Ella siempre tiene el pasado al alcance de la mano, pero no gracias a la nostalgia sino a la fotografía. Miles de imágenes en miles de circunstancias la incriminan. La Avispa es obra suya. Es su marca, su obra, su relato. “A veces mi mamá me dice: Vieras qué dolor que siento de que vos no hayás podido terminar Trabajo Social. A mí me gustaba el estudio, pero eso no era lo mío. Esto fue lo que construí”.